Si estamos en lo cierto y la América de D. Trump destruye minuciosamente todos los vínculos que paralizan y aplastan a Estados Unidos, y le impiden ocupar su lugar de «primus inter pares» en el edificio global multipolar, queda uno, importante, por eliminar: el de la dependencia mutua de Japón y Estados Unidos en materia financiera.
En el marco del seguimiento de nuestra previsión del pasado mes de junio sobre una explosión del sistema global de deuda centrado en Japón[1], confirmamos también este mes la gravedad de la situación y la imposibilidad de resolverla sin cuestionar la alineación de Japón con Washington.
Sin embargo, la principal característica del actual Gobierno de Takaichi es que se mantiene más firme que nunca en esta línea de actuación[2], lo que expone a toda la región a los riesgos derivados del deterioro de las relaciones entre China y Japón, por un lado[3], y a los propios japoneses a los riesgos de inflación y empobrecimiento provocados en gran medida por la dependencia del país respecto al dólar[4].
De hecho, en medio de una relativa indiferencia bastante fascinante, la crisis financiera del «banquero del mundo» —Japón— avanza inexorablemente. Agravada por la guerra en Irán, la máquina se descontrola, ya que, por un lado, Japón vende yenes masivamente para pagar facturas de energía denominadas en dólares que se han duplicado[5], y, por otro, vende dólares masivamente para sostener su moneda, que se derrumba[6] debido al punto anterior, todo ello reforzado por la especulación, objetivo principal de la estrategia de defensa del yen por parte del Banco de Japón[7]. Sin embargo, la principal característica del actual Gobierno de Takaichi es que se mantiene más firme que nunca en esta línea de actuación[2], lo que expone a toda la región a los riesgos derivados del deterioro de las relaciones entre China y Japón, por un lado[3], y a los propios japoneses a los riesgos de inflación y empobrecimiento provocados en gran medida por la dependencia del país respecto al dólar[4].De hecho, en medio de una relativa indiferencia bastante fascinante, la crisis financiera del «banquero del mundo» —Japón— avanza inexorablemente. Agravada por la guerra en Irán, la máquina se descontrola, ya que, por un lado, Japón vende yenes masivamente para pagar facturas de energía denominadas en dólares que se han duplicado[5], y, por otro, vende dólares masivamente para sostener su moneda, que se derrumba[6] debido al punto anterior, todo ello reforzado por la especulación, objetivo principal de la estrategia de defensa del yen por parte del Banco de Japón[7].

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